El SENTIDO DEL mito de Edipo:
Transición desde el matriarcado hacia el patriarcado

 

 

 

Fernando César Romero

 

 

Introducción:

Cuando argumentos, motivos o imágenes visuales presentes en el relato folklórico no remiten de modo directo a la historia ni a la naturaleza deben ser considerados como compuestos híbridos en los que coexisten elementos de un viejo orden (social, político, religioso o cultural), que fuera desplazado, con elementos del nuevo orden vigente. Tal es la tesis del lingüista Vladimir Propp. “Una formulación híbrida de este mismo tipo constituye la base del argumento que trata del héroe que mata a su padre y contrae matrimonio con su madre”. En el mito de Edipo se sustancian relaciones de poder. Por ende, en concordancia con la tesis de Propp, el argumento del mito se halla constituido a partir de las oposiciones existentes entre los órdenes en conflicto. A través del presente análisis se efectúa una interpretación distinta de la que formuló el psicoanálisis. El mito de Edipo es abordado en su integridad y en toda su complejidad, con lo cual los resultados trascienden la lectura freudiana, determinándose los índices que denotan el tránsito desde el matriarcado hacia el patriarcado. El sentido del mito de Edipo se resume como símbolo de la transición de la sociedad matriarcal hacia la organización patriarcal.

 

Antecedentes egipicos y raíz matriarcal del mito de Edipo:

Cabe señalar que el rol y la participación de la mujer en la sociedad y en la cultura helénica arcaicas resultó distinta del lugar que ocupó ulteriormente. Una muestra de ello lo constituye el panteón, donde la figura femenina ocupó un lugar preponderante bajo la caracterización de diosa (Afrodita, Hera, Deméter, Perséfone, Atenea, Tetis, etc.). Puede decirse que las raíces del mito de Edipo se hallan en Egipto, tal es la procedencia legendaria de la estirpe cadmea. Un elemento egipcio muy conocido es la Esfinge; otro es el nombre de la ciudad “Tebas”, el mismo de la ciudad-estado desde donde se nutre el texto del mito de marras. Asimismo, las hijas de Edipo son llamadas egipcias por Sófocles. La raíz matriarcal del mito se halla en distintas fuentes. Lo ilustramos aquí mediante la versión de Apolodoro:

 

“Recibido este oráculo, [Cadmo] cruzó Fócide, y habiendo hallado la vaca en los rebaños de Pelagonte, la siguió. Ésta, tras recorrer Beocia, se tendió en el actual emplazamiento de Tebas. Con el deseo de sacrificar la vaca a Antea envió a varios de sus compañeros a sacar agua de la fuente de Ares, pero un dragón, nacido de Ares, según algunos, que custodiaba la fuente aniquiló a la mayoría de los enviados. Cadmo indignado dio muerte al dragón y por consejo de Atenea sembró sus dientes. Hecho esto, surgieron de la tierra hombres armados a los que llamaron espartos”.

 

Conforme se advierte, esos hombres nacidos de la tierra no tienen padre. Y como se sabe, lo ctónico es un símbolo de lo materno. Esto muestra la raíz matriarcal de la organización social de la mítica Tebas arcaica. Como podrá inferirse, el matriarcado irá transitando hacia el patriarcado, lo cual podrá seguirse a través de distintos índices. Por ejemplo, la raíz la (la) de los nombres Lábdaco y Layo –respectivamente el abuelo y el padre de Edipo– según Bachoffen denota la potencia generadora, mientras que el pie hinchado –significado mítico del nombre Edipo– importa un símbolo netamente fálico, lo que implica un grado de catectización de la masculinidad que resultaba inexistente en el viejo orden social. En otro sentido, cabe señalar, con un significativo grado de certeza, que la imposición del nombre en conjunción con la marca del pie formaban parte de un rito de iniciación al tiempo que el varón iniciado se hallaba separado de la madre. Dicha premisa implica otra característica reveladora del matriarcado. En consecuencia, en la señal de la marca / nombre del héroe se hallan condensados elementos representantes de ambos órdenes sociales.

 

Las profecías (incesto y parricidio):

De acuerdo a Propp, “la profecía (...) es una derivada del desenlace. No es la profecía la que determina el final, sino a la inversa”. El mito de Edipo evolucionó hacia la forma de cuento mágico, por lo cual se hallan en él los componentes característicos del mismo. Uno de ellos es la profecía. En el mito de marras, la profecía se desdobla en dos partes, la comunicada a Layo y la comunicada a Edipo.

En la versión de Sófocles, como así también en otras, se halla la referencia de la profecía comunicada a Layo:

 

“Yocasta.- Una vez le llegó a Layo un oráculo –no diré que del propio Febo, sino de sus servidores– que decía tendría destino de morir a manos del hijo que naciera de mí y de él”.

 

Por otra parte, el texto de Sófocles refiere la profecía comunicada a Edipo:

 

“Edipo.- Sin que mis padres lo supieran me dirigí a Delfos y Febo (...) se manifestó anunciándome, infortunado de mí, terribles desgracias y calamidades: que estaba fijado que yo tendría que unirme a mi madre y que traería al mundo una descendencia insoportable de ver para los hombres y que yo sería asesino del padre que me había engendrado”.

 

Si, como señalara Propp, la profecía está determinada por el final del cuento mágico, en esta versión evolucionada del mito, las soluciones indefectiblemente fallan. La exposición del bebé (Edipo) y la huida del hombre (Edipo) no pueden sortear el destino. El héroe es salvado por un súbito de Layo y entregado a los reyes Pólibo y Mérope (padres de crianza), y finalmente se produce el episodio de la encrucijada donde Edipo da muerte a Layo sin reconocer que daba muerte a su padre.

Puede decirse que la relación incestuosa madre-hijo es propia del orden matriarcal, mientras que el parricidio cobra sentido únicamente en el orden patriarcal. Ahora bien, la ausencia de reconocimiento de la relación de filiación padre-hijo constituye otro índice del viejo orden matriarcal. Por lo tanto, la profecía condensa valores correspondientes a ambos ordenes de organización social, es decir, incesto materno-filial bajo el espanto que tal conducta genera y la resignificación del magnicidio en términos de parricidio.

 

Las señales de reconocimiento:

Otro factor que recurre en este tipo de relatos está constituido por las señales de reconocimiento. En efecto, el texto sofocleo refiere:

 

“Mensajero.- Yo te desaté, pues tenías perforados los tobillos. (...) Hasta el punto de recibir el nombre que llevas por este suceso”.

 

En la versión de Sófocles sigue un razonamiento en virtud del cual se completa el reconocimiento. Por otra parte, el texto de Pisandro refiere:

 

“Tras matarlos, los enterró enseguida con sus mantos, pero se apoderó del cinturón y de la espada de Layo. (...) Después de eso (...) regresó llevando a Yocasta en el carro. Al llegar a las cercanías de aquel lugar y acordándose de la encrucijada, [Edipo] le mostró a Yocasta el lugar, le refirió el asunto y le enseñó el cinturón. Ella se afectó terriblemente, pero no obstante guardaba silencio, pues no sabía que era su hijo”.

 

Desde una perspectiva psicoanalítica, pueden asumirse como símbolos de identificación con el padre los elementos (de uso y rol masculinos) despojados. Empero, desde la perspectiva del mito, los despojos constituyen señales de reconocimiento. Siguiendo la línea de identificación de orden jerárquico desde el hijo hacia el padre, puede asumirse la correspondencia respecto del orden patriarcal, ya que la identificación inherente al orden matriarcal es de índole igualitaria.

 

El trabajo de la Esfinge:

         De acuerdo a la versión de la Edipodia a la que aludió Pisandro:

 

“La Esfinge les fue enviada a los tebanos desde las más remotas regiones de Etiopía debido a la cólera de Hera porque no habían castigado a Layo por su impiedad en relación a su inicuo amor por Crisipo, al que raptó de Pisa. (...) Layo fue el primero que tuvo este amor ilícito.”

 

Según se advierte, la motivación de la llegada del monstruo obedece, tal vez en la versión más arcaica del mito a la que alude el testimonio de Pisandro, es decir, el poema La Edipodia, a la homosexualidad de Layo, ya que la homosexualidad no sólo no es bien vista en el orden patriarcal, no así en el matriarcal, sino que además constituía una falta de índole religiosa que motivó la intervención de la diosa tutelar del matrimonio, lo que significa que la conservación de la masculinidad posee un valor sagrado en la cultura del nuevo orden. El relato de Pisandro continúa en los siguientes términos:

 

“Era la Esfinge, según se describe, un ser con cola de serpiente. Apoderándose de grandes y pequeños los devoraba, y entre ellos también a Hemón, el hijo de Creonte, y a Hipio el hijo de Eurínomo”.

 

Pueden advertirse dos cuestiones condensadas en el trabajo de la Esfinge. En primer término, la Esfinge devora varones. Ergo, se infiere que la misma constituye un representante del orden matriarcal en disputa con los varones postulantes a ocupar el lugar de mando. En segundo término, puede afirmarse que el acto de devorar un ser humano, por parte de una figura femenina, es el opuesto de darlo a luz. El contraste indica una equivalencia de tipo inconsciente entre devorar y dar a luz. Por lo tanto, también por esta otra vía hermenéutica se infiere que la Esfinge constituye un representante del matriarcado. Una nota al margen: Hemón en la Antígona de Sófocles se suicida.

 

La Esfinge y la disputa del trono con el varón:

En la organización matriarcal de la sociedad es el varón el que circula con motivo del matrimonio. Por ejemplo, Edipo retorna a Tebas como extranjero. Una forma desdibujada de dicha circulación la ofrece el mito de Odiseo, quien circula de mujer dominante en mujer dominante, siendo Circe el paradigma de tal mujer. Una variante del mito de Edipo le asigna el rol de mujer dominante a la Esfinge. La versión de Pausanias, al respecto, es la siguiente:

 

“Se cuenta también que era hija ilegítima de Layo, y que éste por cariño le dio a conocer el oráculo de Delfos dado a Cadmo. Ningún otro conocía el oráculo, excepto los reyes. Por consiguiente, cuando venía uno de sus hermanos a reclamar el trono de la Esfinge –Layo tenía hijos de concubinas y la respuesta del oráculo de Delfos se refería solamente a Epicasta y sus hijos– la Esfinge se valía de engaños respecto a sus hermanos, diciendo que, si eran hijos de Layo, conocerían el oráculo dado a Cadmo. Y como no sabían responder, los castigaba con la muerte, porque reclamaban injustificadamente su linaje y su trono. Pero Edipo llegó aleccionado sobre el oráculo por un sueño”.

 

Esta versión revela de modo nítido la disputa por el trono (por el poder) entre la Esfinge y Edipo. El carácter monstruoso de la Esfinge es una construcción surgida de lugares comunes de la mitología y revela el cambio de orden desde el matriarcado hacia el patriarcado. Sin perjuicio de ello, tras los rasgos monstruosos de la Esfinge se puede advertir con claridad el ser de sexo femenino y sus atributos de poder, como ser, el canto (el enigma). De acuerdo a Apolodoro:

 

“Hera envió a la Esfinge, hija de Equidna y Tifón; tenía rostro de mujer, pecho patas cola de león, y alas de pájaro”.

 

Por lo tanto, la disputa entre Edipo y la Esfinge importa un símbolo de la disputa entre el varón, representante del nuevo orden, y la mujer figurada por un aspecto monstruoso, representante del viejo orden matriarcal.

 

El triunfo de Edipo sobre la Esfinge:

De acuerdo a Propp, el héroe debe cumplir una tarea a los fines del acceso al trono, sin que importe cuál, ya que dicha tarea, en virtud de la que el aspirante demuestra cualidades que trascienden al hombre común, es un requisito que forma parte del canon del cuento mágico. En el caso del mito de Edipo, sin embargo, la tarea del enfrentamiento con el monstruo no es un mero lugar común, pues forma parte de una cadena de significaciones que se entrelazan en el texto. Si bien el mito presenta una variante local ofrecida por la poetiza Corina, según la cual, Edipo derrota a la Zorra de Teumesia por medio de la fuerza, el trabajo de Edipo que da sentido a su mito es el enfrentamiento intelectual con la Esfinge. Respecto del uso de la fuerza, ha llegado a nuestros días una antigua imagen artística de Edipo empleando una lanza con motivo del enfrentamiento con la Esfinge. Acerca de la Esfinge, la versión de Apolodoro presenta la siguiente descripción:

 

“Hera envió a la Esfinge, hija de Equidna y Tifón; tenía rostro de mujer, pecho, patas y cola de león, y alas de pájaro”

 

Conforme se advierte, en la figura de la Esfinge subyace la mujer, esto es, una mujer enmascarada por simbología fálico-masculina (pájaro y león). En consecuencia, la victoria de Edipo sobre el monstruo es, en verdad, la victoria sobre una mujer dominante. El sentido de este triunfo es otro índice del pasaje desde la organización social matriarcal hacia la organización social patriarcal. La versión de Apolodoro sobre el enigma es la que sigue:

 

“Había aprendido de las Musas un enigma, y situada en el monte Ficio se lo planteaba a los tebanos. El enigma era éste: ¿qué ser provisto de voz es de cuatro patas, de dos y de tres?”

 

El carácter de canto del enigma se halla explícitamente expresado por Pausanias:

 

“Más allá del monte desde donde dicen que, cantando un enigma, se lanzaba la Esfinge para perdición de los que capturaba”.

 

También se halla expuesto por Aristófanes el gramático:

 

“Y habiendo resuelto el mortífero canto de la terrible Esfinge (...) Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia de aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, por el aire o por mar. pero cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad de sus miembros es mucho más débil”.

 

Y, por supuesto, se halla también en la versión de Sófocles:

 

“Tú [Edipo] que al llegar liberaste a la ciudad Cadmea del tributo que ofrecíamos a la cruel cantora”.

 

De acuerdo al contexto, el enigma es un canto. El apodo de Odiseo bajo el que los versos homéricos lo refieren es “varón de multiforme ingenio”. Justamente ese ingenio es el empleado por el héroe para sortear la dominación del viejo orden matriarcal, uno de cuyos instrumentos era el canto, el cual, salvo alguna que otra excepción, verbigracia Lino, se halla siempre en boca de la figura femenina (Calipso, Nausícaa, Circe, Penélope, Casandra, Helena, etc.). En la Odisea, el paradigma de dominación a través del canto está constituido por las Sirenas. En dicho texto se halla la siguiente referencia:

 

 “Llegarás primero a las Sirenas que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos (...) sino que le hechizan las Sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo”.

 

Esto significa que el canto en boca de la mujer posee propiedades mágicas de encantamiento y de dominación dentro el contexto de la Mitología Griega. En este punto, la Esfinge y las Sirenas se emparentan. En el mito de Odiseo el canto de las Sirenas simplemente es eludido en lo que respecta a sus efectos, mientras que en el mito de Edipo el canto de la Esfinge es derrotado:

 

“Escucha, aun cuando no quieras, musa de mal agüero de los muertos, mi voz que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que, cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez”.

 

Por consiguiente, la Esfinge y las Sirenas coinciden en constituir un símbolo de la dominación matriarcal. La figura femenina correspondiente al viejo orden matriarcal puede también presentarse en la mitología bajo algún híbrido del tipo del señalado por Propp. Como referimos ut supra, el canto es un instrumento de dominación. Asimismo, la mujer dominante puede aparecer bajo el aspecto de monstruosidad. En la Odisea, el Cíclope constituye, aunque algo distorsionado, un ejemplo. La cuestión del canto es recordada por Eurípides al referir al Cíclope como “cantando desalineadas canciones”. Y en la Odisea el héroe derrota al monstruo insertándole una estaca en el ojo. Huelga decir que la estaca usada por Odiseo es un símbolo fálico mientras que el ojo del Cíclope es un símbolo de la vagina. 

 

Podría suponerse que la supremacía muscular del sexo masculino constituiría un factor en virtud del cual el varón ejercería un rol de dominación sobre el sexo femenino determinado por la naturaleza. Sin embargo, Bronislaw Malinowski relató una costumbre extendida en distintas aldeas de las islas Trobiand según la cual “cuando un extranjero, un hombre originario de otra aldea que no sea la suya pasa al alcance de su vista, las mujeres tienen derecho a atacarlo (...) El hombre se convierte entonces en un juguete de las mujeres que se entregan con él a toda clase de violencias sexuales y crueldades obscenas (...) Arrancaban también al hombre sus cabellos y le golpeaban y maltrataban de tal modo, que apenas si le quedaban a éste fuerzas para levantarse y marcharse de allí.” Ello constituye una evidencia acerca del sometimiento, inclusive físico, que puede ejercer la mujer sobre el varón, si la costumbre le otorga la respectiva facultad. Con mucha mayor razón, el dominio puede ser ejercido a través de la hechicería. En lo que respecta a la Mitología Griega, quedó demostrado que el canto representa un instrumento tal. De paso, destacamos el otro instrumento de dominio hechicero matriarcal, esto es, el hilado. Verbigracia, Penélope tejía y destejía en respectiva coincidencia con el día y la noche; o bien confróntese el certamen Palas Atenea versus Aracné muy estéticamente expuesto en Las Metamorfosis del poeta Ovidio; o también la mitología sobre el hilo de Ariadna, etc.. Del mismo modo que las Moiras o Parcas constituyen en la Mitología Griega el paradigma del hilado, en cuyo caso el hilo es el símbolo de la vida y, podría agregarse, de la muerte –el hilado de Penélope era un sudario, la cantidad de hilo que concedían las Parcas representaba el límite de la vida–, las Sirenas simbolizan lo propio respecto del canto. La vestimenta de harapos por parte del héroe masculino, un lugar común dentro la Mitología Griega, adquiere su verdadero sentido en base al contraste respecto del hilado, es decir, en contraste respecto del instrumento de poder de la figura femenina, por lo cual cabe concluir que dicha vestimenta representaba un sortilegio que tenía por función neutralizar el poder de la Parca, es decir, de la hilandera (mujer dominante). Cierta semejanza con el dato aportado por Malinowski se halla en Las Bacantes de Eurípides: “Llenas de vino están, en medio de sus reuniones místicas, las jarras; y cada una por su lado se desliza en la soledad para servir a sus amantes en el lecho con el pretexto de que son, sí, ménades dedicadas a su culto [de Dioniso]”. El contraste que presenta la obra de Eurípides, que podría decirse nitzcheano, entre lo dionisíaco y lo apolíneo (cultos que se alternaban en Delfos) revela otro índice de la oposición entre los órdenes matriarcal y patriarcal como así también el tránsito del uno al otro. La entrega orgiástica de las bacantes constituye un índice del viejo orden, en el que, además, se consumaba el filicidio, verbigracia, Agave asesinando a su hijo Penteo.

 

El magnicidio-parricidio:

En el análisis de Propp, a partir de la consideración de la profecía como una derivación del desenlace, se establecen cuatro eventos del argumento: 1) Edipo matará al rey y ocupará su trono; 2) el rey resultará ser su padre; 3) recibirá el trono a través de una mujer; 4) esta mujer resultará ser su madre. Vale decir, “lo primario no es el asesinato del padre, sino el del rey”. En ese sentido, se condensan las modalidades de los dos órdenes constitutivos del conflicto. El acceso al trono por vía matrilineal cambió por la vía patrilineal. Por ende, lo que algunos mitos graficaban como temor al yerno, en el mito de Edipo se transformó en temor al hijo. No obstante, cabe otra consideración. De acuerdo a Bachofen, “la familia fundada sobre el derecho paterno se encierra en un organismo individual. La familia matriarcal, por el contrario, posee el carácter universal”. Ello muestra la enarbolación del individualismo como superación del comunitarismo. Ahora bien, el hecho del desconocimiento, en vida, de parte de Layo a Edipo como hijo y de Edipo a Layo como padre constituye una reminiscencia de esa universalidad indiferenciada del viejo orden matriarcal, donde el concepto de paternidad se encuentra ausente. Por ello, el parricidio es un delito propio del orden patriarcal, pues en el matriarcado no tiene ningún sentido. El reconocimiento post mortem de Edipo respecto de la paternidad de Layo es otro índice del nuevo orden. De acuerdo a Bachoffen, “cada seno de mujer traerá al mundo niños que serán entre ellos hermanos y hermanas, hasta que el desarrollo de la paternidad disuelva esa unidad y la indiferenciación quede superada por el principio de la diferenciación y de la división”.

 

En resumen, el parricidio sólo tiene sentido en el orden patriarcal, lo que constituye otro índice de falsedad de la tesis freudiana sobre la universalidad del Complejo de Edipo, pues el deseo hostil hacia el padre no existe en aquella organización social donde no existe el concepto de padre, o bien donde sí existe pero no es un representante de la autoridad, de la ley y, en definitiva, el transmisor de valores que implican el superyó en tanto heredero del Complejo de Edipo.

 

Los esponsales / el incesto:

         La versión relatada por Homero en La Odisea es la siguiente:

 

“Vi también a la madre de Edipo, la bella Epicasta, que cometió sin querer una gran falta, casándose con su hijo; pues éste, luego de matar a su propio padre, la tomó por esposa. No tardaron los dioses en revelar a los hombres lo que había ocurrido: y con todo, Edipo, si bien tuvo contratiempos, siguió reinando sobre los cadmeos en la agradable Tebas, por los perniciosos designios de la deidades; mas ella, abrumada por el dolor, fuese a la morada de Hades, de sólidas puertas, atando un lazo al elevado techo, y dejándole tantos dolores como causan las Erinies de una madre”.

 

En la sociedad patriarcal, el incesto suele ser una transgresión que tiene lugar entre el padre y la hija. Sin embargo, en el mito de Edipo, el incesto sucede en relación inversa al orden patriarcal, es decir, entre la madre y el hijo. En consecuencia, el tipo de incesto presente en el mito de Edipo evidencia uno de los factores en tensión, esto es, el viejo orden matriarcal. Esta conclusión puede reforzarse en tres factores adicionales relatados en la versión homérica: 1) Epicasta es acusada explícitamente de la falta; 2) Es la madre la que recibe, aunque auto inflingido, el castigo; 3) Es la mujer la que expresa la maldición, vale decir, la que ocupaba el lugar de autoridad espiritual. Por otra parte, cabe destacar el carácter ctónico de la Erinies, lo que nuevamente remite al orden matriarcal. En la versión de Sófocles de Edipo en Colono, se ofrece otro indicio de la consolidación del orden patriarcal: las Erinies, diosas ctónicas representantes monstruosos e irracionales de la dominación matriarcal, pasan a ser las Euménides, en quienes quedan atenuadas aquellas características.

 

La ceguera:

Cabe destacar que el tópico de la ceguera de Edipo se presenta en las versiones tardías del mito. De acuerdo a la versión de Sófocles:

 

“[Edipo] “arrancó los dorados broches [de Yocasta] de su vestido con los que se adornaba y, alzándolos, se golpeó con ellos las cuencas de los ojos”

 

Se advierte claramente en la escena la inversión de estados: el símbolo fálico (los broches) pertenece a Yocasta, mientras que el símbolo vaginal (las cuencas de los ojos) está del lado de Edipo. Ello muestra que, aun cuando se trate de una versión evolucionada del mito, de algún modo subyacen símbolos que denotan el orden matriarcal, en este caso en función de la masculinización de la mujer y de la feminización del varón. Las motivaciones de la ceguera que presenta el relato de Sófocles resultan ser meras racionalizaciones poéticas.

 

Las segundas nupcias de Edipo:

         La versión de Pisandro es la siguiente:

 

“Dicen que después de la muerte de Yocasta y su propia ceguera se casó con la doncella Eurígana, de la que nacieron cuatro hijos”.

 

Por su parte, Pausanias, apoyándose en La Odisea, en La Edipodia y en una pintura de Onasias, ha referido:

 

“¿Cómo pudieron [los dioses] darlo a conocer en seguida si Edipo tenía cuatro hijos de Epicasta? Es que los había tenido de Euriganea, la hija de Hiperfante. También lo manifiesta el que compuso el poema que llaman Edipodia. Onasias pintó en Platea a Euriganea abatida por la batalla entre sus hijos”.

 

Inclusive, hay una versión acerca de terceras nupcias de Edipo ofrecida por el historiador Ferécides. En el orden patriarcal no llama absolutamente la atención que el varón despose a una doncella. En consecuencia, las segundas nupcias de Edipo constituyen un signo del otro factor en tensión, el nuevo orden que se ha instaurado. Vale decir, las nupcias de Edipo desdobladas en dos matrimonios, con Epicasta (Yocasta) y con Eurígana, representan los dos órdenes sociales en tensión, el matriarcal y el patriarcal, pues en el primer caso, es la reina Epicasta quien desposa a Edipo (en ese estrato del mito Edipo es visto como extranjero) y en el segundo caso, es el rey Edipo quien desposa a la doncella Eurígana.

 

La maldición de Edipo a sus hijos:

El poema épico La Tebaida refiere, según el testimonio de Ateneo en El Banquete de los Sabios:

 

“Edipo, por causa de unas copas, maldijo a sus hijos, según dice el autor del poema cíclico La Tebaida, porque ofrecieron una copa que les había prohibido, diciendo lo siguiente: Entonces el héroe del linaje de Zeus, el rubio Polinices, puso primero ante Edipo una hermosa mesa de plata, la de Cadmo, el de divina sabiduría. Mas luego llenó de dulce vino una hermosa copa de oro. Pero cuando éste reconoció puestos ante él los presentes de honor de su propio padre, una gran aflicción se apoderó de su ánimo, y al punto en presencia de sus hijos los maldijo con terribles imprecaciones, y no se le ocultó a la Erinis de los dioses: Que no se distribuyeran el patrimonio en amigable hermandad, sino que por siempre entre ambos hubiera guerras y combates”.

 

Por otra parte, un escoliasta de Sófocles formuló las siguientes interpretación y comunicación:

 

“Este asunto todos nuestros predecesores lo han desatendido. Cuando reparó en el anca, la tiró por tierra”.

 

El sentido del texto del antiguo poema, datado hacia el siglo VII a.C., parece indicar de modo tácito que no existió el tema del parricidio en esa versión, pues refiere que hubieron dones de Layo recibidos por Edipo, lo cual elide la falta de mutuo desconocimiento entre los personajes, tópico central de la trama de elaboración sofoclea. Deben de tenerse en cuenta dos detalles, el primero, la invocación de las Erinis, diosas de carácter ctónico y, por ende, relativas al matriarcado; el segundo, la maldición recae sobre los hijos varones, no sobre las hijas, lo cual se halla en la misma línea. Todo esto no deja de ser una condensación de distintas épocas y de distintos ordenes sociales. En la versión arcaica del mito, el rol de Edipo se halla, por un lado, alineado con la organización y la cultura matriarcales de la sociedad y, por otro lado, reacciona ante la presencia de la copa, esto es ante la presencia de un símbolo femenino, aunque racionalizado como perteneciente a Layo. Por tanto, el conflicto está motivado en la transgresión de un ritual perteneciente al viejo orden matriarcal, aunque condensado en la figura del nuevo orden. Las disputas entre Eteócles y Polinices relatada en Los Epígonos también reflejan la tensión entre los dos órdenes.

                                                                                                                                                                                            

Las resoluciones del mito:

En lo que respecta a la resolución del mito, el mismo presenta tres alternativas, los funerales del héroe, su apoteóisis y el suicidio. La versión homérica de La Ilíada es la siguiente:

 

“Y tan sólo se levantó para luchar con él Euríalo, varón igual a un dios, hijo del rey Mecisteo Talayónida, el cual fue a Tebas cuando murió Edipo y en los juegos fúnebres venció a los cadmeos”.

 

Por otra parte, el testimonio de un escoliasta sobre la versión de Hesíodo obrante en el fragmento 192 es el siguiente:

 

“El cual en otro tiempo a Tebas fue cuando cayó Edipo ... porque dice que murió en Tebas siendo rey, no como los autores más recientes. También Hesíodo dice que cuando el mismo murió en Tebas, Argea, la hija de Adrastro, vino con otros al duelo de Edipo”.

 

Según se advierte, en las versiones más antiguas del mito Edipo no estaba representado el destierro. Pausanias relató sobre la existencia en Tebas de un santuario, el memorial de Edipo, y ofreció testimonio sobre los huesos del héroe, por lo cual dio crédito al relato homérico sobre los funerales en Tebas. La versión de Sófocles de Edipo en Colono presenta el destierro de Edipo y ofrece una transacción que resuelve el mito, esto es, presenta a Edipo adorando en una misma plegaria a la tierra y al Olimpo (lo ctónico y lo uránico). Por otro lado, la versión del mitógrafo Higino refiere:

 

“Edipo, hijo de Layo, se suicidó por su madre Yocasta tras haberse arrancado los ojos”.

 

Esta versión muestra un cierto grado de condensación: el rol de dominio está en Yocasta, el suicidio coincide con la conducta de Yocasta expuesta en otras versiones del mito, y la ceguera es una cualidad mágica, cuyo paradigma es Tiresias, quien en la mitología es presentado siendo siete años hombre y siete años mujer.

 

Síntesis del sentido del mito:

El mito de Edipo, en su aspecto diacrónico, presenta una complejidad que permite una formulación interpretativa que trasciende en gran medida la simplicidad de la lectura psicoanalítica. Las relaciones intertextuales del mito han posibilitado elucidar su sentido relativo a la transición desde la primitiva organización matriarcal de la sociedad, donde la figura femenina ejercía influencia en los ejes de la cultura, del poder y de la hechicería, hacia la organización patriarcal, sentido que subyace en sus diversas formaciones híbridas. En resumen, el mito de Edipo constituye una representación poética de las disputas intersexuales en orden a la organización de la sociedad en base a los lugares y a las funciones que cada género debe ocupar y desempeñar.

 

Bibliografía:

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